Un pulmón verde en medio de la ciudad
Sol potente, medio día, camisas manga siza y uno que otro short que dejan al descubierto las piernas de las mujeres era el panorama de la entrada del Jardín Botánico de Medellín Joaquín Antonio Uribe.
En la estructura circular que forma la entrada del Jardín Botánico los rayos solares llegan a herir los ojos por las paredes en tonos claros, magnifican el reflejo de la luz en vez de absolverla. Esto no parece incomodar a un extranjero, su alta estatura, su camisa, sus pantalones cortos, la escasez de pelo en su cabeza y sobre todo las chanclas en sus pies indican que no es un lugareño. Él está fumando un cigarrillo, no hay guardias alrededor, ni está acompañado por alguien. Parece que no ha visto o no le importa el letrero de prohibido fumar.
Sobre el césped, bajo la protección de la sombra de un árbol y sobre una manta roja con flores amarillas se encuentra un pareja. No lucen interesados en hablar, ni en dormir, sus bocas están unidas y sus brazos se rodean.
También las bancas ubicadas bajo las sombras de los árboles lucen perfectas para descansar los pies después de recorrer el lugar y para compartir tiempo con la persona que amas, esa es la imagen que proyectan la mujer de pelo negro peinado en afro, sentada en las piernas de un hombre que parece no querer dejarla ir. Ella tira su cabeza hacia atrás cuando logra separar sus labios de los de él y ríe por la situación.
Más adelante está la biblioteca. Es un edificio de vidrios verdes, en la distancia los árboles cubren la estructura, pero una vez cerca se puede observar a la perfección la construcción. Un puente con una puerta de cristal abierta al final es la entrada a la biblioteca. En la recepción, sentada tras un escritorio alto hay una mujer vestida con colores sobrios, maquillaje poco llamativo y el pelo bien organizado. Un guardia de seguridad está a su lado, vigilando quién entra y quién sale.
El registro para entrar a la biblioteca es obligatorio. La mujer pide documento de identidad, escanea el código de barras y corrobora que el nombre coincida con el del documento. Luego pide hacerse frente a una pequeña cámara, que toma y acomoda frente a la cara para tomar una foto que muestre bien la cara de la persona. El guardia indica que la biblioteca está a la derecha, bajando las escaleras.
Entre todos los libros hay uno de historia del jardín botánico. Explican que en sus inicios era una finca, a quien se debe el nombre y los nombres que ha tenido. Recuerdo cuando éramos niños y cobraban la entrada, lo irracional que nos parecía el precio para ver unos cuantos árboles y cómo antes la gente prefería no entrar. Ahora es gratis y la gente va allí simplemente acostarse bajo un árbol y descansar, olvidar que está en la ciudad aunque esté en medio de ella.
Al salir, un par de chicas estaban acostadas sobre una manta y bajo un árbol. Los demás estaban sentados en el borde de la parte pavimentada.
Un grupo de jóvenes está reunido. Esperan a su profesora. Manuel, uno de los jóvenes del grupo, llega contando de su fatídico viaje. Dramatiza su viaje, cómo se bajo antes de tiempo y su desorientación a tan solo una cuadra del Jardín Botánico.
—Me dijeron que me bajara en el cementerio San Pedro.
—Está cerca de acá.
—Sí, pero yo no sabía que debía bajarme más adelante. Me baje ahí y me perdí.
Manuela está escribiendo en su celular, mientras el resto pregunta por dónde empezar.
—¿Firmaron asistencia?— Manuel pregunta.
—Sí, la profesora estaba en la entrada con la hoja.
—Yo no la vi y vengo de allá— mira sobre su hombro, como esperando que ella apareciera tras de él.
Una pareja, sentada bajo un árbol. Tienen los bolsos a los lados, uno negro al lado de él y el azul claro al de ella. Él mantiene su brazo alrededor de los hombros de ella. Ambos nos observan detenidamente. Se hacen las introducciones, y se comienza por el interrogatorio.
—Yo soy Katherine y él es Esteban. Acabamos de salir de la universidad.
—¿Vienen muy seguido aquí?
Katherine es quien contesta —No tanto como me gustaría, pero es lindo, yo no soy de Medellín, pero me gusta este ambiente de calma, se respira mejor.
Esteban no habla mucho, pero escucha con atención, mira atentamente a Katherine y sonrie de vez en cuando por algún comentario que ella hace.
De nuevo aparece el extranjero fumador, ahora va acompañado de otro hombre y tres mujeres, van hablando, y ya no lleva un cigarrillo en la mano.
En el centro del Jardín Botánico está el Teatro Sura, una estructura grande en forma de escenario, con una pared hecha de una estructura metálica recubierta con grama verde. Unos hombres con uniforme recogen porciones de grama y se la entregan a otros subidos en una escalera. Estos los pegan en la pared con unos mazos y clavos de madera. Un hombre baja de su carreta unas plantas listas para plantar.
Bajo un árbol hay un joven, leyendo un libro, no alcanzo a ver el titulo, pero la portada es café y las letras del título blancas. Cuando me acerco, él baja el libro, y lo pone en su bolso.
Daniel, ese es su nombre, es de Córdoba. Lleva Lleva diez años viviendo en Sabaneta, un municipio vecino de Medellín y es su primera vez en el jardín botánico. Lleva dos horas por allí, lo ha recorrido por completo, y decidió sentarse a descansar.
—Me gusta la calma, no se tiene mucho cuando vives en medio de la ciudad. Quería estar en contacto con la naturaleza, estar tranquilo y leer un buen libro mientras estoy bajo la sombra de un árbol. Me hablaron de este lugar y decidí probar.
—¿Has conseguido lo que querías?
—Sí, lo hice, definitivamente lo conseguí.
La Madre Monte, está plantada más allá del Orquideorama, de camino al lago. Es una estatua de una mujer robusta, acostada de lado, con animales esculpidos a su alrededor, los animales cumplían el papel de ropa, tapando sus senos y entrepierna. Un matorral cubre casi por completo su cuerpo, su pelo crespo y enmarañado, no se logra ver nada más.
El vivir en una ciudad a veces nos quita la posibilidad de disfrutar la naturaleza y la tranquilidad que nos puede ofrecer. El Jardín Botánico se convierte en una alternativa al alcance, ubicado en la ciudad, es un lugar de escape para la acelerada vida de la ciudad. También cuenta con una variada fauna y flora. Árboles de origen Colombiano llenan todo el espacio, produciendo un espectáculo natural, además de un aire con bajos indices de contaminación, un pulmón verde en medio de la ciudad.
-Luisa M. Álvarez Betancur

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