Jack
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| "Jack" tomada por Luisa M. Álvarez Betancur |
“¡Tengo hambre!” es lo primero que puedo recordar. Eran casi las siete de la noche, un domingo, colegio al siguiente día, la tarea estaba lista y estaba recostada en mi cama leyendo una historia donde la muerte se enamora de un alma que tiene que atrapar. Solo estábamos mi hermano menor, mi papá y yo en la casa. Mi mamá estaba en el centro, comprando hilos. Mi papá se negaba a cocinar, y yo tenía la teoría, pero no la práctica, tal vez nací negada para la cocina, o simplemente la cocina de mi casa no apreciaba mi intervención en ella.
Cuando mi queja mental de hambre se convirtió en la vociferación que hizo mi hermano y que mi padre apoyó, se decidió que era momento de que alguien fuera a comprar comida. Lastimosamente yo fui la elegida. Tuve que levantarme de la cama, ponerme los zapatos, agarrar un suéter, porque a pesar de la creencia popular o de la influencia estadounidense que dice que agosto es un mes de calor, el nuestro el colombiano, es de viento y a veces un viento no muy cálido.
Caminé desde mi cuarto hasta la sala, donde mi papá estaba viendo la televisión, me entregó el dinero, mientras me daba la orden de lo que debía llevar. Cinco salchipapas de dos mil con salsa rosada y barbecue. Fui al puesto de la esquina, tenía una carpa instalada, sillas para los clientes en espera, una fritadora y un carrito donde fritaban y preparaban las carnes de hamburguesa y las tocinetas.
Cuando llegué a hacer mi pedido, solo había dos personas más, una pareja. Hice mi pedido y me dijeron que esperara unos diez minutos. Me senté y vi cómo arrojaban las papas crudas y cortadas en bastones al aceite caliente.
Un pequeño perro negro se sentó a mi lado, parecía de la calle, su pelaje estaba sucio y revuelto, además de que se podían ver sus huesos marcados en la piel. Descubrí que era un macho y que era un cachorro, me dio lástima ver como un perro tan pequeño estaba en la calle y más con una cicatriz en la cabeza.
Cuando me entregaron mi pedido, volví a mi casa, mi mamá ya había llegado y se puso feliz de no tener que hacer la cena. Le conté sobre el perrito y la lástima que me daba, sutilmente le insinué recoger el perro, pero ella se negó, no quería volver a perder a un perro. Desistí y me fui de nuevo a leer. Media hora después mi mamá me pidió acompañarla a comprar algo, yo acepté porque de pronto me compraba algún mecato. Pasamos por donde el perro estaba, se lo mostré y mi mamá volvió a decir que no, pero por el camino se fue diciendo que ella no compraría un perro sino que lo adoptaría, que no gastaría en algo que le iba a generar más gastos.
Al regreso volvimos a ver al perro, le puse mi cara más tierna, o eso creo. Ella puso los ojos en blanco antes de bufar, “Si lo llamas y el perro viene, se quedará con nosotros”, no dejé que pensara de más, llame al perro de inmediato, él nos siguió, incluso conseguí que subiera los cuatro pisos hasta mi casa. Mi mamá le dio leche, le compró cuido y me hizo prometer que lo sacaría todos los días, sin contar el baño que tuve que darle porque olía asqueroso, como a basura, supuse que por todos los días que estuvo en la calle. Se creería que era un mal educado que iba a volver nada la casa, pero para felicidad de mi mamá, él parecía saber justo donde era su baño. El día siguiente lo llevaron al veterinario para vacunarlo, no se pudo debido a su grado de desnutrición. Ya ha pasado cinco años de ese día cuando compré esas salchipapas, de haber llamado a ese cachorro y de haberlo nombrado Jack.
-Luisa M. Álvarez Betancur

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