INMIGRANTE EN LOS 60s


Se dice que todo tiempo pasado fue mejor, pero para Germán Javier Álvarez solo es un tiempo en el que era más fácil ingresar a los Estados Unidos.

Mientras mueve las manos dramatizando cada recuerdo como si estuviera ocurriendo en el momento,Germán Javier, un hombre mayor de 74 años, cuenta su vida como inmigrante en Estados Unidos, conocida como “la tierra de las oportunidades”.

Recuerda por qué decidió dejar la ciudad de Medellín en 1968. Tuerce el gesto y el volumen de su voz disminuye. El menor de sus dos hijos, ambos varones, tenía quince días de nacido. No había comida en su casa, y el dinero no era algo que les sobrara, un panorama que él no consideraba muy favorable para sus dos hijos pequeños y su mujer.

La primera vez que llegó al territorio estadounidense fue a la ciudad de Miami. Solo, sin trabajo, sin conocer el idioma, pero con muchas ganas de salir adelante por su familia. Su primer trabajo fue lavando platos en un hotel, dos dólares la hora, amaba hacerlo, solo dos horas realmente ocupadas durante todo el día, y el resto del tiempo tenía tiempo de relajarse y hablar con la gente.

Lava los platos mientras sigue hablando de su historia. Su hijo mayor, el cual vive con él, sale de su cuarto para pedirle comida. Germán Javier frunce el ceño, le recuerda que no le recibió cuando le ofreció, así que tiene que coger la comida él mismo.

Sus hijos dicen que es muy duro con ellos, incluso aunque no viva con uno de ellos desde que este se casó, es como si todavía tuviera que enseñarles disciplina.

Sus nietos son otra historia, cada vez que están de visita trata de darles lo que quieran y esté a su alcance. Incluso con el menor de sus nietos que tiene 17 años y la mayor con 26, él sigue dándoles dulces como cuando eran pequeños. Sus nietos recuerdan las tortas de cumpleaños que sin falta él les llevaba en su día especial, o las salidas al parque a jugar fútbol con ellos, para luego terminar la tarde comiendo una paleta. Aún los lleva al parque, solo que ya no a jugar, pero sí a comer algo. Y a pesar de que todos ellos son más altos que él, bromea sobre ello con la dueña de la tienda “Fanny”, donde se toma su copita de ron diaria. Siempre le dice a ella: “Acá sacando a pasear a los nietos, no vaya a ser que un carro me los pise por no verlos”.

Germán Javier, luego de terminar de lavar los platos, se para al lado de la puerta cerrada del baño, la que está entre la cocina y la sala. Él se agacha a desconectar la radio grande, vieja, más o menos de los años ochenta, que en vez de botones y pantallas digitales, tiene botones grandes que giran y que hay que hacer fuerza para empujar. La radio hace contraste con el televisor de pantalla plana de unas 42 pulgadas y el dvd con varias películas de acción a su lado.

Un cuadro del sagrado corazón de Jesús está sobre la pequeña mesa de comedor, cubierta por un mantel de cuadros azules y una canasta con frutas plásticas, dos sillas plásticas giradas de forma en que se pueda ver televisión mientras se come. Vuelve a erguirse y continúa con su historia.

Vivió veinte años en Estados Unidos, durante los cuales fue y vino de allí seis veces. La primera vez tenía visa.

—La primera vez fui con visa de turista, esa que es por cinco años. En ese tiempo no ponían tanto problema, no estaba eso de las drogas, ni el tráfico, era muy fácil ir y venir.

Pasa la mano de piel oscura por su pelo gris como el cielo de una tormenta. Se acomoda la camisa a cuadros de botones, se asegura de que sí esté dentro del pantalón marrón plisado, el que no tiene ni una arruga y combina a la perfección con sus mocasines marrones.

—Después del trabajo iba con mis compañeros de trabajo a un bar, Benny’s se llamaba. Íbamos a tomarnos unos tragos ¿me entiendes?— guiña un ojo, como si compartiera un secreto —Ahí conocí a un negro, era todo alto, como 1.90 m de estatura, ancho, fornido, y totalmente vestido de blanco.

Con sus manos señala las dimensiones del hombre, aclarando el tamaño con el que él lo percibió.

—El tipo me llamó, me hizo, “pss”— estiró su brazo hacia el frente, levantó los dedos de su mano mientras los movía hacia adelante y atrás. —Yo me asusté, un tipo tan grande qué iba a tener que ver conmigo.

Su cara de confusión es visible, parece que aún, a pesar de tantos años, él no entiende por qué justo lo escogió a él entre toda la gente del bar.

—Yo fui— se encoge de hombros —Si me pegaba yo sabía correr. Me dijo en un español algo raro: siéntate acá, tú eres el colombiano ¿no? Yo le dije: sí señor, sí soy. Me preguntó que si sabía inglés, y cuando le contesté que no, me dijo: Vamos a hacer una cosa, yo te voy a enseñar inglés, tú me hablas lo que sepas en inglés y yo te corrijo, y yo te hablo español— él dramatiza cada gesto que hizo el hombre, incluso cambia el tono de su voz para diferenciar quién habla. —Le pregunté por qué, me dijo que porque yo necesitaba aprender el idioma, y a él le gustaba hablar español.

Se asoma un momento a la puerta, que siempre permanece abierta en el día, cuando una persona se para en el portón al final del jardín delantero. Saluda al hombre, camina hasta él, intercambian unas palabras y se ríen de algo que han comentado. Vuelve adentro y sigue con el relato.

—Conocí varios lugares, allá todo era cerca de todo. Creo que el mejor clima de Nueva York es en otoño. Todo era muy diferente allá, las cosas parecían más baratas que acá en Colombia, y los dos dólares por hora parecía que me rendían más. Aunque después de unos años no estaba en el país de forma legal

Sus hijos recuerdan esos tiempos, los juguetes, un helicóptero a escala que funcionaba a control remoto. Aún se preguntan qué pensaba su padre cuando les envió unas camisas con las caras de Menudo, era una banda para niñas, aseguran ellos..

Germán Javier vuelve a la cocina, a preparar un plátano asado con quesito para comer de merienda. Él cuenta cómo fue y vino de Estados Unidos seis veces, incluso con la visa vencida. Dijo que era muy fácil ir a Puerto Rico y de ahí tomar un avión local donde no pedían más que un documento de identidad.

—Una vez viajé en un avión solo. Iba para un pueblo a las afueras de Nueva York, y teníamos que hacer una escala en Nueva Jersey, todo el mundo se bajó, hasta la tripulación, pero a mí me habían dicho que me quedara allí durante una hora para que ya me dejaran en mi destino final.

Envolvió el plátano con el quesito en el medio en aluminio.

—Daba miedo. Cuando arrancamos de nuevo yo iba solo atrás. El viaje no duraba más de media hora, pero yo sentía que en cualquier momento el avión se iba a caer, o que un fantasma se iba a sentar al lado mío.

Mientras asa el plátano, busca en la alacena un sobre de té para acompañar la comida.

—Regresé a Colombia después de casi 20 años de vivir en Estados Unidos porque estaba a punto de perder a mi esposa. Entonces recuerdo que un martes me levanté y dije: me devuelvo a Colombia. Le mandé una carta a mi familia avisándoles de mi regreso. Llegué yo antes que la carta— se ríe por ello —Traía unos ahorros, que al final los resulte gastando en la cuenta del hospital de mi mujer que cayó en coma diabético. Afortunadamente conseguí trabajo en la ruta de los circulares, yo era el que anotaba los horarios en los que los buses llegaban a la parada.

Pone el plátano en un plato, aún envuelto en el aluminio. Lo lleva a la mesa con un tenedor y un vaso de té frío.

—Ser inmigrante en ese tiempo era más fácil, o al menos parecía que ser amable era suficiente para que te trataran bien en Estados Unidos.


-Luisa M. Álvarez Betancur

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