En los guayos de María Fernanda

Sábado, dos de la tarde, entro a mi casa, acabo de llegar de la emisora Minuto de Dios, luego de presentar el programa Las 10 mejores de Dios, programa que se transmite de 10 a 12 del día. Estoy cansada y sudada, siento mi pelo sucio, como si tuviera tierra mezclada con agua, como si tuviera un peso de más, las hebras se pegan a mi cara y lo único que se me ocurre para mantenerlo apartado de mi rostro es meterlo detrás de la oreja.
Saludo a mi papá. Lo veo de camino a mi cuarto. Me saluda como siempre lo hace: ¿Hoy también se va para Copacabana, María? Sonrío asintiendo y sigo mi camino.
En mi cuarto, dejo sobre la cama la tula donde guardo mis guayos. Esta es azul oscuro, de tiras rosadas y con el logo de la escuela Alexis García, donde practico fútbol femenino.
Agarro la toalla, quiero quitarme la sensación de suciedad con una buena ducha. Aplico tres veces shampoo en mi pelo, siento que con una vez no es suficiente, es como si la tierra permaneciera adherida a mi cuero cabelludo, como si fuera lodo luego de mezclarse con el sudor. No salgo del baño hasta que no siento mi pelo completamente limpio.
Regreso a mi cuarto y busco en el armario prendas que tapen los nuevos hematomas que me han salido. Esos feos parches de color morado, a veces con visos verdes que me acomplejaban a la hora de ponerme un vestido para salir con Juan Pablo, mi novio.
Los hematomas son ocasionados por practicar mi hobby, ese que comenzó en el 2014 como una manera de mantenerme en forma después de haber sufrido una bacteria que afectó mi peso, me hizo adelgazar y engordar de la nada y sin importar qué comiera. Fui a ver a mi hermana menor, Laura, y a mi prima, Ana Sofia, entrenar fútbol, eran un grupo de cinco jugadores, así que los padres llenaban los demás puestos. Me pidieron participar en esa ocasión, lo hice porque me pareció interesante, además creía tener experiencia y ser buena, al menos esa fue la sensación que me dejaron los partidos que jugué en el colegio.
Me gustó jugar con ellas, fue divertido, la adrenalina, la expectativa, el trabajo en equipo, la unión. Mi hermana me presionó para que me uniera, insistía e insistía que debía darle una oportunidad al fútbol. La idea me gustó, el futbol me gustaba, además ya había intentado con el voleibol, pero no podía, cuando el balón impactaba con mis manos rompía los vasos de mis venas.
Me uní al equipo, fui la tercera de la familia. Al mes se unió otra de mis primas, Ana María. Un mes más tarde, mi prima Camila ya estaba formando parte del equipo. Los demás miembros del equipo nos llaman “el monopolio” porque mi familia constituye casi la mitad del equipo. Mi abuelo, Pipo, nos ha apoyado desde el principio, se encarga de mantener el “monopolio”. Él es quien paga la mensualidad de todas nosotras para que nos mantegamos en la escuela de fútbol.
Nunca faltaron los comentarios en los que se referían a mí como: marimacho, brusca, hombre, entre otras cosas, solo por jugar fútbol y ser mujer, pero en algún punto dejaron de afectarme, sabía que no lo era, no podían herirme por ello.
Comencé jugando en la posición de volante. Pero un día, un accidente montando a caballo cambió eso. Me quebré las costillas en la caída, así que mis movimientos debían ser limitados o el dolor sería insoportable. Me aconsejaron jugar como defensa central, se suponía que no debía hacer mucho, lo creí y seguí jugando, aun con las costillas quebradas. Aún hoy sigo en la misma posición.
Jugar en el equipo me llevó a conocer a una de las mejores personas que he conocido, Ceferino García, el director de la escuela y entrenador del equipo de mujeres. Él es un afrodescendiente con la paciencia más grande del mundo, al menos en lo que yo puedo considerar. Parece nunca desesperarse al tener que explicar lo mismo, una y otra vez, a mujeres que van desde los 9 a los 22 años, y hacer que lo entiendan.
De la misma manera en que conocí a una de las mejores, también conocí a una que con solo mirarla me enervaba la sangre. Tal vez por ser mujeres tenemos esa rivalidad entre nosotras, o tal vez solo era ella y su actitud. La molestia era mutua, aunque la dejábamos a un lado cuando jugábamos contra otro equipo, pero regresaba cuando entrenábamos. Mis primas también sentían molestia hacia ella, nos quejábamos constantemente. Llevando un año en el equipo, entrenando, ella y yo nos lanzamos por una pelota, trató de darle con la cabeza, pero me dio a mí, rompiéndome la boca. El dolor, la sangre, el ardor, el susto, todo jugó en su contra. Estaba cansada de sus ataques, y ese había sido el detonante. Amenacé con irme, era ella o yo, pero conmigo también se iba mi familia, al final el “monopolio” ganó y la chica tuvo que marcharse.
Mi hobby me ha llevado a viajar y, participar en campeonatos. En la Tabaida, por ejemplo, ganamos 1-0. Estaba nerviosa en el último partido, no solo porque era la final, sino porque enfrentábamos de nuevo al equipo contra el que habíamos perdido antes de clasificar. Era abrumadora la presión, y el miedo de que el resultado pudiera repetirse. Por suerte teníamos apoyo, el de nuestro entrenador, el de nuestro tío, el papá de Ana Sofia, que es básicamente el patrocinador del equipo, no hay ni un solo partido o entrenamiento en el que no esté. Al contrario de mi tío, Pipo sólo había ido una vez a vernos jugar, aunque el patrocinara nuestro cupo en la escuela. Mis padres solo van a los partidos.
Luego de graduarme del colegio, inicié la universidad. Comunicación Social es la carrera que elegí. No dejé de jugar fútbol, escogí mis materias para que se acomodaran a mi horario de entrenamiento, los martes y jueves a las cuatro de la tarde. Camino de la universidad hasta la cancha en donde entrenamos, en Santa Lucía, suelo llegar más temprano que el resto.
Estudiar comunicación hizo que diera un paso al frente, incluso en la escuela de fútbol. Comenzaron a pedir ser la presentadora de los eventos de la escuela. Así obtengo experiencia y hago nuevos amigos, como el dueño de la escuela, el ex jugador de fútbol Alexis García, ahora, prácticamente somos amigos.
Di un paso más al empezar a participar en la emisora Minuto de Dios, me propusieron ser parte de ella en Octubre del 2016. Tuve que ver los horarios y hacerlo funcionar.
Sacudo mi cabeza y sigo buscando la ropa. Elijo un pantalón y una camisa simple. También me aplico el protector solar, ese que uso desde principios del 2017, luego de que una olla a presión explotara y me quemara. Fue mi primera vez preparando frijoles, tenía miedo, pero mi mamá dijo que debía hacerlo, prácticamente me obligó a hacerlo. Fue un experimento fallido, con resultados lamentables y ni siquiera tuve la oportunidad de probar mis primeros frijoles. Hubo otras consecuencias debido a mi piel quemada, no puedo exponerla al sol, así que mi tiempo de juego en los partidos se reduce, o a veces no juego debido al fuerte sol.
Juan Pablo llega a recogerme, me apresuro a tomar lo que me falta, los textos de la universidad que pueda leer, mi maleta con ropa, y el cargador del celular.
Me despido de mis padres y salgo a recibir a mi novio, debemos pasar algunas cosas para comer en la finca, pero eso no nos retrasara demasiado para pasar otro buen fin de semana junto a él.



-Luisa M. Álvarez Betancur

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