Cinco Minutos

Miré el celular apenas subí al bus. Son las 10:44 a.m., dos buses de la misma ruta, uno al lado del otro, tratan de superarse, compiten. Mis ojos apenas eran capaces de captar los edificios, se veían borrosos, como si su color estuviera difuminado. Mi corazón latía rápido, mis manos se aferraban a el respaldo de la silla delante de mí con fuerza. Mis brazos estaban tensos, mi respiración erratica. Miraba a lado y lado, incluso al frente, tratando de ver todo a mi alrededor. En cada giro del bus, mis manos sostenían más fuerte el plástico entre mis manos.

De todas las veces que había recorrido esa ruta, nunca había estado tan alterada. No era precisamente mi vida por la que temía, cada vez que veía a un motociclista cerca del bus, todo mi cuerpo se tensionaba, mis ojos se cerraban, y aguardaba por el impacto, por el grito, por el ruido de metales chocando.

Calle San Juan, después de la glorieta, subiendo por La Alpujarra, una de las vías más transitadas de Medellín, donde se debe ser más cauteloso al conducir. Solo veía Veía como la velocidad aumentaba. El carro serpenteó entre otros vehículos. El bus aceleró mientras otro bus se preparaba para incorporarse a la vía luego de recoger a algunos pasajeros. Ya ni veía al otro bus de la ruta, pero la velocidad no disminuía.

Mis dedos no dejaban de apretar cada vez más el material, ni siquiera sabía de dónde sacaba esa fuerza, tal vez el estrés o la adrenalina. Solo quería que todo terminara, llegar a donde me bajaba, a mi casa.

No comprendía cómo además de manejar rápido, lograba detenerse a recoger pasajeros. Miré brevemente a mi alrededor, dos mujeres de una edad avanzada tenían los ojos bastante abiertos y buscaban de dónde sujetarse. El señor tras él reía, pero también se sostenía del asiento de adelante. No era consuelo, pero al menos yo no era la única asustada.

Estábamos cerca de la parada en el centro de la ciudad, casi en la parada del tranvía de la estación San Antonio. Tenía la sensación que esas calles eran más largas de lo normal. A pesar de la velocidad, tardaba en recorrer la misma distancia. Tenía hasta el cuello tensionado.
El bus se detuvo frente al Banco de la República. Sentí el aire entrar a mis pulmones, ni siquiera sabía que estaba conteniendo el aliento. Mis músculos dolían. Sacudí la cabeza y finalmente pude ponerme los audífonos, conectarlos a mi celular que estaba entre mis piernas, lo tomé y vi la hora, 10:49 a.m., solo había tardado cinco minutos, cuando normalmente el recorrido era de 10 a 15 minutos.


-Luisa M. Álvarez Betancur

Comentarios